miércoles, 21 de octubre de 2026

"Lo que no pudiste llevarte..." A La Villa de Los Santos, a su patrimonio històrico y al espìritu de resiliencia. Venicia Chang

Erguida te levantas en los albores de la sombra, herida de piedra, coronada de polvo y de memoria, cuando recuerdo los lazos de los niños en la gloria y el eco de tus campanas, que aùn laten bajo los escombros. Como un poema al viento renace la esperanza, porque el temblor no pudo llevarse el hálito de tu historia, ese fuego que cada quien custodia en los saberes populares con ahínco y efervescencia el resguardo de lo propio. El alma, la razón y la ternura han estampado su huella en tus muros, y tus grietas son surcos donde germina la aurora, para que la fe siga moviendo montañas y escudriñe, en los hombres y las mujeres de esta Villa, la raíz que el primer grito sembró para siempre en la tierra de los Vásquez, los Garridos y los Mendietas.

lunes, 12 de octubre de 2026

Lo que el terremoto no pudo llevarse, Venicia Chang

El 9 de octubre de 2026 quedará grabado en la memoria y en el corazón de cada panameño y panameña. La tierra estremeció nuestro territorio con una intensidad tal, que abrió brechas profundas no solo en el suelo, sino también en el espíritu colectivo. Ese temblor sacudió la vida de hombres y mujeres, ahogando por momentos el aliento y haciendo vibrar, de múltiples maneras, aquello que muchas y muchos solo podemos describir como un sentir nacido “desde lo más profundo del corazón”. Mi pueblo no se escapó. El impacto fue despiadado y aún no creemos el grado de destrucción ocasionado que jamás había sido conocido por nuestra generación. Sin embargo, a pesar de ello, me atrevo a gritar que La Villa de Los Santos no son solo sus calles ni su campanario ni su iglesia ni su museo ni sus casas coloniales… Nuestro pueblo representa su memoria viva que se resiste a olvidar quiénes somos. Es la gente con ese espíritu que ni se doblega ni se derrumba. Es el pueblo que, así como una vez sacó las fuerzas necesarias para romper el yugo español, hoy, con toda seguridad nos aferramos al clamor por la tierrita con el único afán de levantarnos y seguir adelante. Mi iglesia Duele ver heridas en el patrimonio que nuestros abuelos cuidaron. La iglesia San Atanasio es el templo donde fui bautizada, donde despedimos a los nuestros y donde la fe nos reunió generación tras generación. Un patrimonio histórico no es un adorno del pasado, es la manera en que un pueblo se reconoce y les cuenta a sus hijos quiénes somos. Así la escribí un día, y hoy, cobra un sentido más hondo: La iglesia de mi pueblo La iglesia de mi pueblo guarda su esplendor con su estilo barroco pero también rococó. Los retablos en su interior se han cuidado con gran devoción para mantener el legado que la madre patria nos dio. En cada uno de ellos podemos observar el tallado del artista y su gran sensibilidad. De Diego Rodríguez de Silva y Velásquez o de Bartolomé Esteban Murillo el lienzo del juicio final de San Miguel ¿no se sabe de quién es? Lo cierto es que el pueblo, ha querido el lienzo desde siempre y lo que no permitirá nunca es que lo arranquen del templo. Cada día que pasa me siento más orgullosa de haber sido bautizada en esta iglesia tan hermosa. La iglesia San Atanasio, la debemos conservar como patrimonio nuestro y también de la humanidad. Ese templo y yo fuimos testigos de las celebraciones religiosas de todos los meses durante toda mi infancia y mi adolescencia. Allí vi pasar el año entero de nuestra fe. Junto a las celebraciones del Niño Jesús de Praga, Don Bosco, San Juan de Dios cada ocho de marzo, con su caridad y su mesa compartida; la Semana Santa, con sus procesiones y su silencio; el Corpus Christi, con su repique de campanas y su pueblo entero en la calle; la Virgen del Carmen y San Pantaleón, con sus novenas; San Agustín; las fiestas de noviembre, las Posadas Navideñas, la Misa de Gallo, los Paseos del Niño Jesús... El templo nos recibía como a sus hijos. Ese templo y yo fuimos testigos de las celebraciones religiosas que marcaron cada mes de mi infancia y mi adolescencia. En sus bancas vi transcurrir, año tras año, el calendario completo de nuestra fe. Allí se sucedían las festividades del Niño Jesús de Praga; Don Bosco; San Juan de Dios cada ocho de marzo, con su caridad y su mesa compartida; la solemnidad de la Semana Santa, con sus procesiones y su silencio; el Corpus Christi, con su repique de campanas y el pueblo entero volcado a las calles; la Virgen del Carmen y San Pantaleón, con sus novenas; San Agustín; las fiestas de noviembre; las Posadas Navideñas; la Misa de Gallo; los Paseos del Niño Jesús… En cada una de ellas, el templo nos acogía como a sus hijos. Hoy, estos recuerdos que evoco se han convertido en el bálsamo que intenta cerrar las heridas que dejó este terremoto, pero que aún laten en la memoria de nuestro pueblo. En medio del dolor, vuelven a mí como una luz que acompaña, como una certeza que sostiene, aquello que aprendimos en la fe, en la comunidad y en la esperanza sigue siendo el refugio más profundo para reconstruir lo que la tierra quebró. Porque, incluso entre los escombros, la vida insiste en levantarse. El templo está herido, está fracturado, y todo el aprecio que le tenemos hará que lo extrañemos profundamente. Sin embargo, aquello que este terremoto jamás podrá arrebatarnos es nuestra fe inquebrantable: los recuerdos, las vivencias y la certeza de que la iglesia del pueblo de La Villa somos todas y todos. Porque, aunque las paredes hayan cedido, la comunidad permanece en pie. El campanario que se destruyó Y ahora el temblor destruyó el campanario de nuestra iglesia colonial. La torre vetusta de nuestro templo, la que vigiló al pueblo durante siglos y la que inspiró hasta el alma a nuestros poetas y poetisas, se colapsó. No fue la primera herida. En 1913 ya se había fracturado, y logró volver a erigirse sosteniendo en pie la memoria de La Villa. Más de cien años resistió, hasta que esta vez no pudo más y quedó destruida. Duele pensar que bajo esa torre pasaron nuestros bautizos, nuestras fiestas y nuestros duelos. El campanario era la voz del pueblo, la que anunciaba la misa, la fiesta del Corpus Christi, la alegría y también la tristeza. Esa voz que convocaba y reunía a su pueblo. Un repique enmudecido, esa voz quedó destruida, convertida en escombros, y la Villa quedó con un silencio que no conocíamos. Mirar al cielo y contemplarte gravemente herida es como buscar la presencia de alguien amado en su sitio de siempre y encontrar solo una sombra incompleta. La torre permanece, sí, pero su campanario destruido deja un silencio que pesa como un nombre que ya no se pronuncia. Tu figura, todavía erguida, parece aferrarse al aire con la dignidad de quien resiste en medio del dolor. Y en esa permanencia quebrada, en esa belleza rota, late una esperanza que no se deja extinguir. La casa de mis abuelas Y, me sigue doliendo el alma. Esta vez de otra manera, lo más cercano: la casa de mis abuelas. Allí donde el portal de arcos nos recibía con sus faroles encendidas, hoy el suelo está cubierto de tejas de barro hechas pedazos. Las mismas tejas que durante tantos años nos resguardaron de la lluvia y del sol yacen ahora entre las plantas de sábila, como si la casa hubiera querido soltar de un golpe todo lo que cargó por nosotros. Sus cuartos tienen ahora un cielo en el cual antes hubo techo. La luz desciende desde lo alto, se filtra entre las vigas desnudas y recorre las paredes resquebrajadas como si leyera en ellas una historia antigua. Cae sobre las camas, sobre las cortinas, sobre el polvo que reposa en los objetos que mis abuelas dejaron en su sitio, fieles a su silencio. El ventilador permanece colgado, inmóvil, suspendido como un gesto detenido en el tiempo. La lámpara de la sala sigue allí, con sus tulipas intactas, encendida ahora por un sol que entra sin permiso por el espacio donde ya no existe tejado. Todo parece respirar en una quietud distinta, una quietud que duele, pero que también guarda la ternura de lo que permanece. Cada rincón me habla. La puerta de madera por la que entraron nuestras alegrías y por la que salieron nuestras despedidas. Las rejas que nunca fueron para encerrar sino para cuidar. Los pasos de mis abuelas por el corredor, sus manos acomodando una cortina, el olor de la casa cuando regresábamos a verlas. Duele ver sus cosas expuestas al cielo, como un secreto íntimo que el terremoto sacó a la luz. Mis abuelas ya no están, y su ausencia es un vacío que siempre llevo conmigo. Pero ese vacío no está desierto, lo llenan los recuerdos, las voces en la mesa, los consejos al atardecer, el cuidado de manos que nos enseñaron a querer a este pueblo. Lo llenan también los amigos, los de ayer y los de hoy, con quienes caminé esas calles y con quienes todavía me abrazo al hablar de lo vivido. Una casa se puede quebrar, se puede destruir y se puede caer; pero el amor con que fue habitada, no. La casa de mis abuelas se rompió, pero los recuerdos quedaron de pie, y cada uno de ellos es una teja que ningún terremoto podrá derribar. Levantarnos La Villa y otros pueblos ya han perdido sus torres, pero su gente sigue de pie. Que esta nueva herida nos una. Que documentemos, restauremos y exijamos que lo nuestro sea cuidado como el tesoro que es, y que nuestro campanario destruido sea reconstruido y el lienzo, los retablos y cada teja vuelvan a su sitio. Que los jóvenes santeños aprendan que la historia se defiende y se reconstruye con amor, y que algún día el repique de nuestras campanas vuelva a decirle al pueblo que seguimos aquí. Porque se puede perder una torre, un techo, una pared. Lo que no se pierde es el amor que nos ata a las calles, a la iglesia, a la casa de las abuelas y a la gente que, con su vida cotidiana, hace pueblo. Ese amor es mi sello, la raíz que me sostiene, y es también la marca indeleble de todo santeño que lleva a La Villa en el alma. Aunque la tierra se quiebre, ese amor permanece intacto, como una llama que no sabe apagarse. La Villa de Los Santos no cae: se sacude, se levanta y sigue dando el grito.

martes, 30 de junio de 2026

Artículo: Elección del 8 de abril: anatomía de una fractura democrática y la urgencia de blindar la Defensoría del Pueblo

https://www.laestrella.com.pa/opinion/columnistas/eleccion-del-8-de-abril-anatomia-de-una-fractura-democratica-y-la-urgencia-de-blindar-la-defensoria-del-pueblo-GC21548592 La elección de la nueva Defensora del Pueblo, ocurrida el 8 de abril, no fue simplemente un episodio político más: fue un espejo. Un espejo que devolvió a Panamá una imagen incómoda, cruda y profundamente reveladora de las tensiones entre poder, institucionalidad y derechos humanos. Lo que debía ser un proceso ejemplar, que engendraba la selección de la persona encargada de proteger a la ciudadanía frente al abuso estatal, terminó convertido en una secuencia de hechos que reveló una arquitectura institucional orientada a un desenlace específico y planificado con maniobra parlamentaria y desconfianza pública. La Comisión de Gobierno, Justicia y Asuntos Constitucionales, recibió los perfiles de vida de 35 aspirantes y logró entrevistar a 31 aspirantes. Escuchó trayectorias, revisó hojas de vida, evaluó propuestas y el debate se situó a lo interno de este recinto respecto al número de nombres que se enviarían al pleno. Ello, abriría paso a la sospecha: cuando el procedimiento se vuelve negociable, el resultado deja de ser confiable. Finalmente, la referida Comisión emitió su informe de mayoría en la cual se aprecia lista de 7 candidatos elegidos por esta, así como lo mandata la normativa existente. Impuesto un informe de minoría para asuntos administrativos (nombrar al Defensor) que a juicio de abogados y de diputados de la Asamblea Nacional, trastoca la práctica consecutiva de la referida Comisión, y con el dedazo a tambor batiente de 39 diputados, decidieron ignorar el trabajo técnico, el procedimiento y revivir la candidatura de una aspirante que no estaba en la lista final de los 7. En un escenario de farsa y burla, sería elegida la nueva defensora con 37 votos, en una sesión nocturna que incendió las redes sociales y los programas de opinión de esta mañana (jueves 9 de abril), ante la mirada de individuos que no son ingenuos y que entienden que algo más profundo está en juego. ¿Cómo puede defender derechos desde un origen cuestionado? Es tan evidente que casi parece un ejercicio filosófico: ¿Cómo puede la institución encargada de defender a los individuos del abuso del poder nacer, ella misma, de un abuso del proceso? Si analizamos este planeamiento, tendríamos que preguntarnos cómo podríamos pedirle al gallo que cuide el gallinero después de haber sido elegido en una reunión en la cual solo participaron los zorros; o como subir a un burro a la cima de una montaña y luego proclamarlo “el mejor escalador del país” si todos sabemos que llegó porque alguien lo cargó. En términos institucionales, esta paradoja es devastadora. La Defensoría del Pueblo no es un cargo decorativo, es una responsabilidad moral, es un refugio ético e institucional, es un compromiso con la vida, con la igualdad sustantiva y con la dignidad humana. Es esa esperanza de defensa para quienes no tienen voz (niñez, mujeres, personas privadas de libertad, pueblos indígenas, migrantes, víctimas de violencia, personas con discapacidad). Si la elección de su liderazgo nace de un proceso cuestionado, la institución queda herida desde su origen. Una institución herida no puede proteger a quienes ya están heridos. La elección del defensor reflejó las alianzas políticas, los cálculos de poder, las negociaciones de pasillo y un proceso que pareció diseñado para un resultado predeterminado. La corrupción tiene una lógica simple: si puede capturar una institución, lo hará y si puede capturar la institución encargada de denunciarla, lo hará primero. Por eso, esta elección no fue solo un error. Fue un síntoma. Un síntoma de que la democracia panameña está siendo empujada hacia una paradoja peligrosa: Un país que dice defender los derechos humanos, pero que elige a su Defensora como si fuera un botín político. La confianza no se decreta. Se construye y la elección del 8 de abril, la destruyó. En política, como en astronomía, existen cuerpos que brillan sin emitir luz propia. Son planetas que reflejan la luz de otros. Parecen estrellas, pero no lo son. La Defensoría del Pueblo corre el riesgo de convertirse en eso: un planeta que refleja la luz del poder político, en lugar de ser una estrella propia que ilumine la dignidad humana. Luego de haber estado en las gradas escuchando el debate y la votación, llego a la siguiente reflexión: No es por ardida (como dicen mis hermanos y hermanas mexicanos y mexicanas) porque estaba en la lista de los 7, sino porque está en peligro el estado de derecho y el resguardo de los principios y las garantías inherentes a salvaguardar nuestra dignidad. Lejos de ser una fiesta democrática para elegir a quien nos defienda de ese poder omnímodo del Estado, son más las preguntas que las respuestas en este contexto. ¿Qué hacer para que esto no vuelva a suceder? ¿Cómo puede un país proteger los derechos humanos si la institución creada para defenderlos puede ser capturada por el poder político que debe vigilar? ¿En qué momento Panamá dejó de concebir al Defensor del Pueblo como un contrapeso ciudadano -como el tribunus plebis o el defensor civitatis- y lo convirtió en un botín parlamentario? ¿Puede una Defensoría del Pueblo cumplir su mandato ético si su origen carece de legitimidad democrática y transparencia? ¿Qué modelo de elección garantizaría que la Defensoría del Pueblo vuelva a ser un contrapeso real y no un reflejo del poder político? ¿Qué costo democrático estamos dispuestos a pagar si permitimos que la institución encargada de protegernos del abuso nazca, una y otra vez, de un abuso del proceso? ¿Qué debemos cambiar -como ciudadanía y como Estado- para que la Defensoría del Pueblo vuelva a ser un muro ético y no un espejismo institucional? La crisis que presenciamos no es un accidente institucional, sino el resultado de un diseño que permite la captura política de una figura que, en su origen histórico, nació precisamente para impedirla. En el Derecho Romano, el tribunus plebis surgió como un contrapeso directo al poder senatorial, elegido por el pueblo y dotado de la sacrosanctitas que lo hacía intocable frente a las élites. Más tarde, el defensor civitatis encarnó la obligación de proteger a los ciudadanos frente a abusos fiscales y administrativos. En Suecia, Noruega y otros países nórdicos, el ombudsman moderno mantiene esa esencia: independencia real, elección transparente, controles cruzados y un mandato que no depende de la voluntad de los partidos. Panamá, en cambio, ha ido degradando la figura del Defensor del Pueblo hasta convertirla en un apéndice del cálculo parlamentario, alejándose de los estándares del Derecho Internacional de los Derechos Humanos y vaciando de contenido su función esencial: ser un muro ético frente al poder. Variadas son las causas con procesos opacos, reelecciones inmediatas, comisiones legislativas con incentivos políticos, ausencia de comités técnicos independientes, y las consecuencias son devastadoras: pérdida de confianza pública, debilitamiento del sistema de protección, erosión del Estado de derecho y una ciudadanía cada vez más desprotegida; por eso urge replantear cambios en el sistema que nos brinde soluciones a través de un modelo para que la elección sea verdaderamente independiente, ya sea mediante un comité técnico autónomo con terna vinculante o incluso explorando mecanismos de legitimación popular inspirados en el tribunus plebis; que se elimine la reelección inmediata; que las audiencias sean públicas y blindadas contra la manipulación; que existan sanciones penales para quienes distorsionen el proceso; y que la Defensoría recupere su naturaleza originaria: ser la voz de quienes no tienen voz, no el eco de quienes ya tienen poder. La elección a cualquier cargo debe darse mediante buenas prácticas, apegados a la ley, siguiendo las reglas y principios de transparencia, independencia y mérito, y de esa manera la Defensoría debe ser un escudo, pero ante la opacidad, intereses y arreglos que se han generado, esta será un espejismo. Ojalá me equivoque, pero un país no puede defender los derechos humanos con espejismos. *La autora es profesora de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá (UP)

jueves, 12 de febrero de 2026

Karma en la voz ajena





 Resuena en sus oìdos 

de aquel que no se atreve...

A llamarme como debe obviando su temor:

negra, china, hispana o griega...

el mutismo que ensordece, 

afrontando el dilema 

del karma que llegó.



Reflejo de la diáspora

 





Como diáspora que refleja...

Preguntan al unìsono.

Ignorancia latente

del movimiento que se dio.

Negritud de mi sangre 

navega tras el pulso.

Lucha heròica que no le importa el color.

Rizo ancestral

 





Rizos intensis que el afro porta,

esos que peino y amo, también.

Críticas irreverentes que profesan cambios,

cambios que no llegan 

porque la naturaleza del zambo,

habita en mi ser.

Silencio de primavera.








 Tez maravillosa tal cual luz de primavera.

Mirada profunda y suave que la serenidad, calma.

Vástagos de oriente que divisan el silencio.

Genuina respuesta de quién cuestiona el por qué.



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