El 9 de octubre de 2026 quedará grabado en la memoria y en el corazón de cada panameño y panameña. La tierra estremeció nuestro territorio con una intensidad tal, que abrió brechas profundas no solo en el suelo, sino también en el espíritu colectivo. Ese temblor sacudió la vida de hombres y mujeres, ahogando por momentos el aliento y haciendo vibrar, de múltiples maneras, aquello que muchas y muchos solo podemos describir como un sentir nacido “desde lo más profundo del corazón”.
Mi pueblo no se escapó. El impacto fue despiadado y aún no creemos el grado de destrucción ocasionado que jamás había sido conocido por nuestra generación. Sin embargo, a pesar de ello, me atrevo a gritar que La Villa de Los Santos no son solo sus calles ni su campanario ni su iglesia ni su museo ni sus casas coloniales… Nuestro pueblo representa su memoria viva que se resiste a olvidar quiénes somos. Es la gente con ese espíritu que ni se doblega ni se derrumba. Es el pueblo que, así como una vez sacó las fuerzas necesarias para romper el yugo español, hoy, con toda seguridad nos aferramos al clamor por la tierrita con el único afán de levantarnos y seguir adelante.
Mi iglesia
Duele ver heridas en el patrimonio que nuestros abuelos cuidaron. La iglesia San Atanasio es el templo donde fui bautizada, donde despedimos a los nuestros y donde la fe nos reunió generación tras generación. Un patrimonio histórico no es un adorno del pasado, es la manera en que un pueblo se reconoce y les cuenta a sus hijos quiénes somos. Así la escribí un día, y hoy, cobra un sentido más hondo:
La iglesia de mi pueblo
La iglesia de mi pueblo
guarda su esplendor
con su estilo barroco
pero también rococó.
Los retablos en su interior
se han cuidado con gran devoción
para mantener el legado
que la madre patria nos dio.
En cada uno de ellos
podemos observar
el tallado del artista
y su gran sensibilidad.
De Diego Rodríguez de Silva y Velásquez
o de Bartolomé Esteban Murillo
el lienzo del juicio final de San Miguel
¿no se sabe de quién es?
Lo cierto es que el pueblo,
ha querido el lienzo desde siempre
y lo que no permitirá nunca
es que lo arranquen del templo.
Cada día que pasa
me siento más orgullosa
de haber sido bautizada
en esta iglesia tan hermosa.
La iglesia San Atanasio,
la debemos conservar
como patrimonio nuestro
y también de la humanidad.
Ese templo y yo fuimos testigos de las celebraciones religiosas de todos los meses durante toda mi infancia y mi adolescencia. Allí vi pasar el año entero de nuestra fe. Junto a las celebraciones del Niño Jesús de Praga, Don Bosco, San Juan de Dios cada ocho de marzo, con su caridad y su mesa compartida; la Semana Santa, con sus procesiones y su silencio; el Corpus Christi, con su repique de campanas y su pueblo entero en la calle; la Virgen del Carmen y San Pantaleón, con sus novenas; San Agustín; las fiestas de noviembre, las Posadas Navideñas, la Misa de Gallo, los Paseos del Niño Jesús... El templo nos recibía como a sus hijos.
Ese templo y yo fuimos testigos de las celebraciones religiosas que marcaron cada mes de mi infancia y mi adolescencia. En sus bancas vi transcurrir, año tras año, el calendario completo de nuestra fe. Allí se sucedían las festividades del Niño Jesús de Praga; Don Bosco; San Juan de Dios cada ocho de marzo, con su caridad y su mesa compartida; la solemnidad de la Semana Santa, con sus procesiones y su silencio; el Corpus Christi, con su repique de campanas y el pueblo entero volcado a las calles; la Virgen del Carmen y San Pantaleón, con sus novenas; San Agustín; las fiestas de noviembre; las Posadas Navideñas; la Misa de Gallo; los Paseos del Niño Jesús… En cada una de ellas, el templo nos acogía como a sus hijos.
Hoy, estos recuerdos que evoco se han convertido en el bálsamo que intenta cerrar las heridas que dejó este terremoto, pero que aún laten en la memoria de nuestro pueblo. En medio del dolor, vuelven a mí como una luz que acompaña, como una certeza que sostiene, aquello que aprendimos en la fe, en la comunidad y en la esperanza sigue siendo el refugio más profundo para reconstruir lo que la tierra quebró. Porque, incluso entre los escombros, la vida insiste en levantarse.
El templo está herido, está fracturado, y todo el aprecio que le tenemos hará que lo extrañemos profundamente. Sin embargo, aquello que este terremoto jamás podrá arrebatarnos es nuestra fe inquebrantable: los recuerdos, las vivencias y la certeza de que la iglesia del pueblo de La Villa somos todas y todos. Porque, aunque las paredes hayan cedido, la comunidad permanece en pie.
El campanario que se destruyó
Y ahora el temblor destruyó el campanario de nuestra iglesia colonial. La torre vetusta de nuestro templo, la que vigiló al pueblo durante siglos y la que inspiró hasta el alma a nuestros poetas y poetisas, se colapsó. No fue la primera herida. En 1913 ya se había fracturado, y logró volver a erigirse sosteniendo en pie la memoria de La Villa. Más de cien años resistió, hasta que esta vez no pudo más y quedó destruida.
Duele pensar que bajo esa torre pasaron nuestros bautizos, nuestras fiestas y nuestros duelos. El campanario era la voz del pueblo, la que anunciaba la misa, la fiesta del Corpus Christi, la alegría y también la tristeza. Esa voz que convocaba y reunía a su pueblo. Un repique enmudecido, esa voz quedó destruida, convertida en escombros, y la Villa quedó con un silencio que no conocíamos.
Mirar al cielo y contemplarte gravemente herida es como buscar la presencia de alguien amado en su sitio de siempre y encontrar solo una sombra incompleta. La torre permanece, sí, pero su campanario destruido deja un silencio que pesa como un nombre que ya no se pronuncia. Tu figura, todavía erguida, parece aferrarse al aire con la dignidad de quien resiste en medio del dolor. Y en esa permanencia quebrada, en esa belleza rota, late una esperanza que no se deja extinguir.
La casa de mis abuelas
Y, me sigue doliendo el alma. Esta vez de otra manera, lo más cercano: la casa de mis abuelas.
Allí donde el portal de arcos nos recibía con sus faroles encendidas, hoy el suelo está cubierto de tejas de barro hechas pedazos. Las mismas tejas que durante tantos años nos resguardaron de la lluvia y del sol yacen ahora entre las plantas de sábila, como si la casa hubiera querido soltar de un golpe todo lo que cargó por nosotros.
Sus cuartos tienen ahora un cielo en el cual antes hubo techo. La luz desciende desde lo alto, se filtra entre las vigas desnudas y recorre las paredes resquebrajadas como si leyera en ellas una historia antigua. Cae sobre las camas, sobre las cortinas, sobre el polvo que reposa en los objetos que mis abuelas dejaron en su sitio, fieles a su silencio. El ventilador permanece colgado, inmóvil, suspendido como un gesto detenido en el tiempo. La lámpara de la sala sigue allí, con sus tulipas intactas, encendida ahora por un sol que entra sin permiso por el espacio donde ya no existe tejado. Todo parece respirar en una quietud distinta, una quietud que duele, pero que también guarda la ternura de lo que permanece.
Cada rincón me habla. La puerta de madera por la que entraron nuestras alegrías y por la que salieron nuestras despedidas. Las rejas que nunca fueron para encerrar sino para cuidar. Los pasos de mis abuelas por el corredor, sus manos acomodando una cortina, el olor de la casa cuando regresábamos a verlas. Duele ver sus cosas expuestas al cielo, como un secreto íntimo que el terremoto sacó a la luz.
Mis abuelas ya no están, y su ausencia es un vacío que siempre llevo conmigo. Pero ese vacío no está desierto, lo llenan los recuerdos, las voces en la mesa, los consejos al atardecer, el cuidado de manos que nos enseñaron a querer a este pueblo. Lo llenan también los amigos, los de ayer y los de hoy, con quienes caminé esas calles y con quienes todavía me abrazo al hablar de lo vivido. Una casa se puede quebrar, se puede destruir y se puede caer; pero el amor con que fue habitada, no. La casa de mis abuelas se rompió, pero los recuerdos quedaron de pie, y cada uno de ellos es una teja que ningún terremoto podrá derribar.
Levantarnos
La Villa y otros pueblos ya han perdido sus torres, pero su gente sigue de pie. Que esta nueva herida nos una. Que documentemos, restauremos y exijamos que lo nuestro sea cuidado como el tesoro que es, y que nuestro campanario destruido sea reconstruido y el lienzo, los retablos y cada teja vuelvan a su sitio. Que los jóvenes santeños aprendan que la historia se defiende y se reconstruye con amor, y que algún día el repique de nuestras campanas vuelva a decirle al pueblo que seguimos aquí.
Porque se puede perder una torre, un techo, una pared. Lo que no se pierde es el amor que nos ata a las calles, a la iglesia, a la casa de las abuelas y a la gente que, con su vida cotidiana, hace pueblo. Ese amor es mi sello, la raíz que me sostiene, y es también la marca indeleble de todo santeño que lleva a La Villa en el alma.
Aunque la tierra se quiebre, ese amor permanece intacto, como una llama que no sabe apagarse.
La Villa de Los Santos no cae: se sacude, se levanta y sigue dando el grito.